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12-04-2012

Colaboraciones

La búsqueda del otro mundo

Ana Esther Ceceña

Prólogo del libro de Ana María Larrea (2012) Modo de desarrollo, organización territorial y cambio constituyente en el Ecuador, Quito: Senplades, pp. 7-11.

Nuestros tiempos están marcados por dos fenómenos cuyo entrelazamiento señala tanto las fronteras como las rutas de posibilidad de realidades y utopías. La fase neoliberal del capitalismo, tan prometedora durante sus primeras tres décadas, empezó a tocar fondo a finales del siglo XX, cuando el propio capitalismo ponía en evidencia su insustentabilidad sistémica llegando a niveles de apropiación que están llevando a la vida a un callejón sin salida.

La translimitación ecológica, el uso abusivo y más allá de las capacidades naturales de reposición de la vida, fue reconocida en la segunda mitad del siglo XX como la amenaza a vencer desde el punto de vista científico. Las especies se extinguían o se fragilizaban de manera acelerada durante este período y, simplemente, empezaron a ser protegidas individualmente. La catástrofe se atribuyó al volumen, al tamaño, y no al modo. Algo similar ocurrió con los escollos del neoliberalismo, entre los que uno de los más importantes ha sido la resistencia de los pueblos. Lo que el mercado ya no pudo desbaratar, desmontar o conquistar fue encomendado a la sutileza de la mano visible: fuerzas y políticas militares fueron movilizadas para recolocar fronteras y formas de disciplinamiento que convencieran a los pueblos de la inutilidad de sus luchas.

Como en el calendario maya, el ciclo corto del neoliberalismo se conjuntó con el ciclo largo de los 500 años de modernidad capitalista, abriendo un momento de inestabilidad sistémica en el que se redefinen las líneas de su reestructuración, pero también se vislumbran las posibilidades del caos, es decir, de la diversidad de líneas de fuga societales que emanan de la complejidad de los componentes históricos de la totalidad y, por tanto, las rutas presentes, aunque a la vez difusas, de ruptura o desdoblamiento sistémico.

América fue el lugar donde la unión de tres continentes, con una carga inigualable de violencia, condujo a la fragua del sistema-mundo que hoy conocemos. Sistema-mundo que finalmente logró alcanzar la dimensión planetaria sin desintegrar y reconfigurar todos los sistemas culturales que se mantienen en resistencia en su interior 500 años después, a pesar de la fuerza del avasallamiento que no ha dejado de renovarse.

Si bien el mundo entero ha empezado a sublevarse en este cambio de milenio, Nuestra América nuevamente emerge como punto de irradiación que a la vez propone, convoca y avanza en lo que podría ser el proceso de desconformación, de deconstrucción o de desintegración del sistema-mundo capitalista. Con horizontes que parecen estar respondiendo a la conjunción de calendarios inmediatos, milenarios y coloniales, los pueblos de Nuestra América acudieron a la cita del reinicio; de la reinvención de la Abya Yala; de la refundación del mundo desde la intersubjetividad y la emancipación, justo en el momento en que la vida se vio fatalmente amenazada por la escala de las apropiaciones de la naturaleza; por la disrupción en los ecosistemas, generalmente desequilibrando sus combinaciones; por la capacidad de intromisión (y alteración) en los códigos genéticos; y por el renovado desplazamiento de grupos humanos.

La búsqueda del otro mundo, a la altura de los horizontes más ambiciosos —que casi siempre son los más simples—, no solo se hizo deseable sino imprescindible. El capitalismo entró en un declive suicida, según lo muestran hasta las ciencias más convencionales, y la inestabilidad sistémica que genera tanto su dinámica como la acción de las resistencias de todo tipo en todas partes del planeta, exige explorar las otras maneras de vivir en sociedad para poder seguir viviendo.

Desde la memoria larga de los pueblos, desde la conflictiva historia de las colonialidades, desde las rabias de las recientes precarizaciones, desde los agravios y opresiones viejas y nuevas, se levantaron vientos de emancipación.

El sujeto se había modificado. Los contenidos de la lucha se construían en el ámbito de la reproducción de la vida y del ejercicio no formalizado de la politicidad. No es la actividad productiva la que delimita los espacios, modos y alcance de las luchas; lo que está en cuestión son los modos de vida, son las concepciones del mundo, son los lugares desde donde se piensa y se explica la realidad.

La fragmentación de la realidad operada por el capitalismo, muy particularmente por el neoliberal, era respondida desde la recuperación de la integralidad: la madre tierra, la Pachamama, como universales englobadores de todos los niveles de la materialidad y la intersubjetividad.

Rediscutir la vida, el capitalismo, el neoliberalismo, la hegemonía, la competencia, el mercado, la revolución, la emancipación, la relación con la naturaleza, los territorios, los cuerpos y las mentes como espacios de poder, la colonialidad, el racismo, las fronteras, los países, los Estados, la representatividad, la democracia directa, la comunidad, lo individual y colectivo, lo público y privado, las diversidades, las complementariedades, el uso de los elementos de la tierra, se volvió inaplazable.

Se discutía y se luchaba. Movimientos de todo tipo protegían un río mientras discutían el sentido del uso colectivo, de la no apropiación y mucho menos individual, de los elementos de la naturaleza. El Caracazo, el levantamiento zapatista, las luchas contra las represas, la guerra del agua, la lucha por la tierra, por la autonomía, en contra del saqueo, por la libre movilidad de los seres humanos, por la dignidad, contra el pensamiento único y contra las invasiones, configuraron un panorama en el que la efervescencia emancipatoria era ascendente. Contra el sistema político, por otros modos de entender la política pero también con incursiones en los terrenos concretos de disputa.

La búsqueda de horizontes de largo plazo no impidió hacer frente a las exigencias inmediatas de transformación de las reglas del juego. El cuestionamiento de la institucionalidad liberal colonizadora caminó de la mano de la invención de institucionalidades que dieran cuenta de la reconstrucción de los sentidos comunes de la diversidad descolonizada.

El proceso real en que el otro mundo se hace posible consiste en la construcción cotidiana del horizonte, es decir, es un desafío en el que todas las temporalidades y todos los espacios de disputa y de creación colectiva se combinan. Y de acuerdo con Ana María Larrea, se requiere de «…una alta dosis de creatividad y [sobre todo, diría yo, de] sentido transgresor para llevar adelante una tarea transformadora con impactos significativos para los pueblos latinoamericanos».

Creatividad, sentido transgresor, voluntad política, sabiduría y un convencimiento de que no hay democracia posible sin reconocimiento de la diversidad y que eso implica disposición para dislocar los soportes conceptuales y materiales sobre los que está organizada la gran sociedad del sistema-mundo, incluyendo evidentemente el de la objetivación de la naturaleza y la ruptura de complementariedad en las relaciones entre todos los seres vivos.

Cambiar el mundo significa concebirlo de otro modo; modificar las mentalidades y los modos de hacerlo y vivirlo. Sin transformación conceptual, epistemológica, lo que hay es reproducción de las lógicas de funcionamiento, aunque se acompañen de esfuerzos de distribución que busquen un emparejamiento. En una sociedad concebida a partir de la competencia, de la negación y objetivación del otro, cualquier emparejamiento, al suspender la fuerza que lo produce, tiende nuevamente a la polarización.

Los hitos del debate y de los procesos contemporáneos de transformación emancipatoria no están en la adopción de medidas inmediatas de corrección o justicia social, aunque éstas sean importantes para la reconstrucción de lo cotidiano; se encuentran en aquello que la propia Constitución ecuatoriana supo destacar, aunque sin eliminar, porque no hubiera sido posible, las tensiones o antagonismos que estos nudos problemáticos contienen.

Los debates constituyentes, recogidos en sus puntos principales por Ana María, son la confesión de la existencia de una sociedad de sociedades que está lejos de la homogeneidad. 500 años de colonialidad y de inserción en el sistema-mundo capitalista; evangelizaciones de todo orden, incluido el económico; cambios de territorialidad, de sentidos presentados como nacionales y de dinámicas políticas fueron el espacio de la interlocución o del conflicto pero nunca de la síntesis.

Cuatro campos de debate fundamentales derivan de la recuperación histórica de construcción de territorialidades que el libro nos propone, con base en las discusiones constituyentes: plurinacionalidad; desarrollo y sumak kawsay; individual y colectivo; y la relación sociedad naturaleza, que es el ancla en torno a la cual se organizan todos los otros.

Se trata, en todos los casos, de un conflicto de fronteras. Fronteras geográficas, conceptuales y políticas que implican no sólo visiones del mundo sino también institucionalidades diferentes e incluso confrontadas.

Teóricamente, el campo de mayor trascendencia es el que se refiere a la concepción del humano como sujeto único, frente a las otras formas de vida que quedan circunscritas al ámbito de lo natural y asumiendo el carácter de objetos. Los debates actuales en Ecuador, de los que Ana María no es sólo estudiosa sino protagonista directa, cuestionan el antropocentrismo que está en el origen de estas concepciones y proponen como alternativa el biocentrismo, que corresponde a la idea introducida en la Constitución respecto a la igualdad de derechos de los humanos y la naturaleza.

El debate del sujeto único o el sujeto diverso entraña un conjunto de problemas y tensiones de muy difícil desenlace. En realidad nos remite a disyuntivas civilizatorias que han estado presentes e interactuando a lo largo de los últimos 500 años y que constituyen el nudo crítico del que emanan los debates particulares o específicos que aparecerán en la Constitución y en todos los otros ámbitos de convivencia intersocietal del Ecuador.

El reconocimiento de sujetos colectivos y de societalidades distintas, sometidas o invisibilizadas pero vivas, es en la hora actual un llamado a inventar una democracia no jerárquica y por tanto tampoco centrada. Los zapatistas hablan del «mundo en el que caben todos los mundos», que apela a una transformación radical de lo político y de la manera de hacer y entender la política. En Ecuador se habla de plurinacionalidad, combinada con una interculturalidad que aleja los fundamentalismos y afianza las diversidades y que constituye, de acuerdo con Ana María, «un avance teórico-político». En el contexto de Ecuador, que se repetirá en sus líneas generales casi en toda América, «la plurinacionalización del Estado no etnifica a un Estado ya etnificado, sino que desmonopoliza la etnicidad del Estado», y ésa es su enorme virtud.

El libro es elocuente con respecto al drama social y político que subyace a un acuerdo constituyente con la participación de fuerzas portadoras de concepciones, prácticas e intereses totalmente distintos y en muchos planos encontrados. Las contradicciones e inconsecuencias de una carta constitucional elaborada en estas condiciones, sin embargo, más que problema son un desafío para las corrientes descolonizadoras y emancipatorias. Se avanzó mucho. La Constitución expresa cambios sustanciales en la intelección de la sociedad ecuatoriana y caminos abiertos para su refundación. El pensamiento único fue colocado al lado de los otros, que recibieron un reconocimiento privilegiado al introducirse el sumak kawsay, la plurinacionalidad y los derechos de la naturaleza como pilares de los nuevos tiempos.

No obstante, «no existe una elaboración socialmente construida sobre la nueva configuración territorial del país y sus implicaciones para la construcción de una nueva estrategia de acumulación, por lo que su posible concreción dependerá de las fuerzas sociales y políticas», sostiene la autora después de un exhaustivo recorrido por la territorialidad de la acumulación capitalista en el país. Las raíces económicas de la colonialidad, hundidas muy profundo en la Pachamama, no pueden ser desenraizadas con decretos. La idea del desarrollo en la que están asentadas no se extirpa de la tierra sino de las mentes. La desobjetivación de la naturaleza ocurre en el terreno de la epistemología y de la cosmovisión, y conduce a prácticas de vida no acumulativas ni competitivas. En este sentido, no hay desarrollo bueno o malo; el desarrollo es la dominación de la naturaleza más allá de sus propósitos. El quid de la cuestión es el tipo de relación, no la bondad o maldad de los actores.

«Uno de los cambios paradigmáticos más importantes de este cambio de época alude al cuestionamiento del concepto de desarrollo y a la búsqueda de nuevas perspectivas epistemológicas que se nutren de las concepciones de los pueblos ancestrales, las luchas emancipatorias y las teorías críticas», señala Ana María, y «la idea de desarrollo es inexistente en la cosmovisión de estos pueblos» que hablan, más bien, de alcanzar la «vida plena», para «llegar a un grado de armonía total con la comunidad y con el cosmos».

Las tensiones entre desarrollo y sumak kawsay, contenidas en la Constitución, en las políticas públicas, en la acción de los movimientos y fuerzas políticas, son la expresión de un cambio de época y de sus dificultades. Son el llamado a entender que cuando se va lejos se va despacio, y que los procesos seculares transitan por las disputas y conflictos urgentes, puntuales, locales y casi siempre contradictorios.

La lectura de este libro revela con toda honestidad los dilemas de la construcción inmediata de los horizontes lejanos e incluso las angustias de dejar pasar el momento histórico en el enredo de definiciones menores que cierran las puertas a los grandes horizontes.

Un libro magnífico, profundamente comprometido, que no debería dejar de leer nadie que quiera entender el proceso ecuatoriano en el quiebre de los tiempos.

Ana Esther Ceceña
Investigadora del Instituto de Investigaciones Económicas
Universidad Nacional de México
Coordinadora del Observatorio Internacional de Geopolítica

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