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12-12-2012

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Dominación suicida y disyuntiva sistémica

Ana Esther Ceceña

Irene León entrevista a la economista Ana Esther Ceceña, directora del Observatorio Latinoamericano de Geopolítica, UNAM, México.

La reconocida economista Ana Esther Ceceña amplía en esta entrevista tesis como las que aquí se resumen:

Vivimos una crisis general. Experimentamos la constatación de que el capitalismo no tiene salida. No es que tenga el “tiempo contado”, es que la vida que tendrá en lo adelante tendrá muy escasas alternativas.

El capitalismo vive una crisis civilizatoria. Con todo, es un sistema histórico, que como mismo tiene un origen tendrá un fin. Ahora bien, es un sistema que ha poseído siempre un gran nivel de autocorrección, pero incluso esta capacidad tiene límites. Uno de sus límites más visibles es el ambiental.

Cada solución tecnológica gestada en y para ese orden capitalista profundiza una catástrofe. Como ejemplo tenemos los transgénicos. Prometían que iban a resolver el problema de la alimentación, pero no solo no son la solución, sino que generan otros problemas en forma de enfermedades, como cáncer. El horizonte está en otro lado. Hay que generar prácticas distintas de vida. Es necesario comprender lo que genera la competencia capitalista, como es preciso modificar la tesis de “dominar la naturaleza”, que extiende su campo al dominio de la naturaleza humana. Para ello, debemos modificar el lugar desde donde se piensa la vida. Trabajar desde ese otro lugar con otras posibilidades, allí donde se gestan prácticas de vida.

La posibilidad de solución de la crisis se encuentra fuera del capitalismo. Ya no hay renovación posible. Debe surgir algo diferente. Por lo anterior, el poder político existente sufre de “desesperación” y articula como respuesta una estrategia militar mundializada. Es la arremetida de un capitalismo fuertemente armado. Tal “desesperación” tiene diferentes orígenes. Existe competencia entre grandes potencias, pero podemos observar una desesperación de la elite de dominación capitalista en su conjunto, puesto que esa pirámide de poder dominante busca imponer reglas de juego cada más destructivas.

Por ese camino, el Pentágono ha logrado instrumentar a su favor a la OTAN. Con ello, ha abierto la posibilidad de ir a cualquier lugar a “defender su seguridad”. Esta nueva “legalidad” supone enormes riesgos. Se trata de un hecho distinto: años atrás una invasión era considerada un atropello. Con esta nueva estrategia, el mundo entero se convirtió en un campo en disputa y en batalla permanente.

Ninguna geografía está a salvo de dicha doctrina. Pero la guerra no se piensa solo en términos convencionales, entre Estados. El enemigo es cada vez más difuso, asimétrico, inasible. Por ello, deviene guerra interna aquello que califica como “amenaza de seguridad”.

Así se penetra en comunidades a través de trabajo de contrainsurgencia. La defensa legítima de un territorio pondría así en peligro la “seguridad interna”, y “autoriza” a calificar de “terrorismo” esa actuación.

Ese poder militar, con el Pentágono a la cabeza, elabora diseños estratégicos. El diseño define puntos geográficos estratégicos: rutas, pasos, canales, golfos. Esta concepción marca el perfil de las relaciones alrededor de esa región. También se estudian identidades culturales e históricas, que sean potencialmente afines a normas y valores hegemónicos o, por el contrario, que sean disidentes. Con ello, se determina la manera de intervenir en regiones específicas.

Ese diseño estratégico tiene un perfil global. Para permanecer en Medio Oriente, por ejemplo, es necesario tener un plan global, como tener control sobre reservas de petróleo en otras regiones del mundo.

Dentro de ese marco, se entiende mejor el hecho de que en América latina aumenten las bases militares, las políticas “antiterroristas”, los acuerdos para hacer entrenamientos militares conjuntos, que crean complicidad entre ejércitos y estados.

El nuevo sector de punta del capitalismo global es el militar. Este sector es la cabeza de lanza del capitalismo actual. ¿Quiénes son sus sujetos? El sujeto no es el Estado, sino los grupos de intereses que empujan a ese Estado.

Ese capitalismo tiene una lógica supranacional, supra institucional, y por ese camino absorbe soberanías, como le está sucediendo a países históricamente defensores de su soberanía, como Francia. Esa comunidad supranacional, supra institucional, es la que domina a escala global.

No obstante, ¿cómo pensar la viabilidad de un mundo multipolar? El articulador del capitalismo es la competencia, que al mismo tiempo resulta un factor de disrupción. Dentro de esa comunidad de poderosos hay competencia de poder, hay grandes y permanentes disputas.

Ese es el sentido que explica las alianzas de Venezuela con Irán, por ejemplo: retomar una ofensiva que apunte hacia la multipolaridad. Lo nuevo hay que disputarlo, pero también hay que crearlo. En los países que viven procesos de cambio social se está dando un debate sobre las relaciones que debe sostener el socialismo del siglo XXI con cosmovisiones históricas presentes en esos países. Son procesos que se acompañan, pero también se contradicen, porque nacen de imaginaciones distintas.

Sin embargo, pueden apreciarse horizontes compartidos. Al llamarse socialismo, recibe la carga de los socialismos históricos, con el daño que esto supone, pero es un socialismo a la latinoamericana, que no desconoce luchas históricas, y se replantea esas luchas. Estas deben conectarse con otras resistencias que buscan salidas a la modernidad capitalista.

Esas salidas son las que discuten la filosofía del progreso, de la sola acumulación de ganancia, y por ello se cuestionan la destrucción de la naturaleza generada como consecuencia de la puesta en práctica de esos enunciados. El socialismo del siglo XXI debe romper con esa filosofía de la modernidad capitalista. De ese modo, será un socialismo renovado.


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