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08-01-2015

UNASUR

El conocimiento científico y tecnológico en el aprovechamiento de los recursos naturales

Alexis Mercado, Hebe Vessuri

El conocimiento científico y tecnológico en la estrategia de aprovechamiento de los recursos naturales para el desarrollo integral de UNASUR, publicado en Ciencia,Tecnología, Innovación e Industrialización en América del Sur, como memoria del Foro del mismo nombre, realizado en diciembre 2013

Introducción

El aprovechamiento integral de los recursos naturales esbozado por la Secretaría General de UNASUR afronta, en muchos países de la región, el problema de no contar con las capacidades tecnológicas necesarias para su industrialización. Superar la condición primaria exportadora del extraordinario patrimonio de recursos genéticos, minerales y energéticos estratégicos, en una perspectiva de sustentabilidad, demandará procesos de extracción y transformación que se basarán, cada vez más, en las llamadas tecnologías penetrantes (biotecnología, nanotecnología, bioelectrónica/bioinformática, nuevos materiales y TICs), disciplinas en las que también son exiguas las capacidades de investigación.

Históricamente las economías de la región se han basado de manera importante en la explotación de los recursos naturales. Sin embargo, los esfuerzos de industrialización iniciados bajo la sustitución de importaciones en la década del cincuenta del pasado siglo incluyeron la implantación de procesos de transformación para convertirlos en productos básicos y semielaborados y la instalación de un parque industrial elaborador de productos manufacturados que progresivamente impulsó la creación de diversos encadenamientos industriales, en algunos casos con importantes niveles de integración, que permitieron un crecimiento del sector secundario [1].

El medio fundamental en el que se basó esta industrialización fue la adquisición de capacidad productiva mediante la negociación de tecnología con empresas extranjeras. El desarrollo de capacidades de investigación que se daba paralelamente en universidades y centros de investigación al cobijo de políticas ofertistas contribuyó muy poco al desarrollo productivo. No obstante, en diversas empresas de diferentes sectores de la industria se experimentaron variados procesos de aprendizaje tecnológico (Katz, 1976; Pirela y otros, 1996) que les permitió, de acuerdo a la clasificación de Westphal y otros (1985), alcanzar importantes capacidades tecnológicas. Durante poco más de tres décadas, la manufactura incrementó su participación en el PIB. Sin embargo, desde finales de los años ochenta —como consecuencia de los procesos de modernización económica fundamentados en la apertura comercial, la desregulación y los ajustes macroeconómicos— comienza a observarse una notable disminución en el crecimiento de la actividad manufacturera y una mayor participación de los sectores primarios y de servicios en el PIB (Mercado y Testa, 2003). El efecto neto fue una acentuada desindustrialización en diversos sectores, desnacionalización de empresas y flexibilización laboral con la consecuente disminución del empleo o, en el mejor de los casos, su precarización.

Paradójicamente, la búsqueda de equilibrios macroeconómicos generó profundos desequilibrios socioeconómicos que acentuaron la exclusión, generando gran conflictividad social, abriendo cauce al resurgimiento de propuestas progresistas que derivaron en el ascenso al poder de agrupaciones de izquierda en las que la inclusión social constituía el centro de la atención política [2]. En lo económico, asumiendo una perspectiva neodesarrollista (Dos Santos, 2004), los nuevos gobiernos retoman el tema del desarrollo productivo por parte del Estado como elemento fundamental para impulsar la mejora socioeconómica. Sin embargo, no han conseguido revertir la reprimarización de la economía.

Como espacio de integración Suramericana, UNASUR establece en sus principios la defensa de la vida, la preservación de la paz y la demo- cracia con participación social (Rodríguez, 2013). Se ha fijado como objetivo la integración cultural, social, económica y política, y entre sus objetivos específicos considera la integración energética, la protección de la biodiversidad y la cooperación económica y comercial con el objeto de superar las asimetrías existentes, todo lo cual supone superar el modelo primario extractivista.

Fundamentado en estos lineamientos, la Secretaria General de esta organización define una estrategia común que tiene como objetivo el aprovechamiento racional de sus recursos naturales, no solo mediante su extracción sino a través de su transformación interna, lo que requiere, entre otras cosas, importantes capacidades tecnológicas y científicas (Rodríguez, 2013).

En diciembre de 2013 se realizó en Río de Janeiro el Foro de UNASUR sobre Ciencia, Tecnología, Innovación e Industrialización en América del Sur, donde entre otras cosas se discutió el papel de estas actividades en la estrategia integral de UNASUR. Se destacó la dificultad para acceder al conocimiento de las tecnologías penetrantes, lo que demanda el fortalecimiento de áreas disciplinarias que pueden ser asociadas a “La gran Ciencia”.

Esto lleva a discutir el tema de la promoción de la investigación, el desarrollo y la innovación (I+D+i). Debe evitarse volver a reproducir acríticamente modelos de impulso a las capacidades de investigación diseñados en los países desarrollados (PD), sobre todo si se toma en cuenta que en la generalidad de los casos los Estados Suramericanos se desenvuelven en escenarios de recursos limitados que, en orden de prioridad, deben orientar en gran medida a resolver acuciantes necesidades sociales. Pero también debe atenderse la pretensión de imponer modelos que subvaloran las formas de generación de conocimiento científico y tecnológico desarrollado hasta ahora.

Buena parte de la responsabilidad recae en los organismos de política, pero también en las comunidades de investigadores y tecnólogos. Un tema a resolver es establecer la diferencia entre el valor y el uso del conocimiento generado en las diferentes organizaciones, necesario para definir una agenda con estrategias para dos horizontes temporales que apoye la propuesta de UNASUR. Una de corto plazo, que procure resolver problemas presentes en la actualidad relacionados por ejemplo con el impacto de la actividad extractiva sobre el ambiente y contribuir a mejorar la capacidad absortiva de la industria (Sporleder y Peterson, 2003) y una de mediano plazo que considere el desarrollo de proyectos multidisciplinarios que incluya fortalecer capacidades de investigación vinculadas a tecnologías penetrantes.

Industrialización y reprimarización de las economías Suramericanas

El periodo que va desde inicios de los años cincuenta hasta comienzos de los ochenta arrojó un balance positivo en términos económicos. El aspecto más destacado fue la rápida industrialización que experimentaron diversos países de la región, en especial los grandes y medianos. La política de sustitución de importaciones (ISI) permitió en un primer momento la conformación de diversas ramas productoras de bienes finales. Casi simultáneamente, se inició el desarrollo de industria básica ligada a algunas actividades de transformación primaria, principalmente siderurgia y petroquímica, que contó con una importante participación de los Estados (Mercado y Testa, 2004).

Si bien las empresas multinacionales tuvieron un papel primordial en las etapas iniciales, la ISI abrió espacios para el surgimiento de empresas privadas nacionales y mixtas. Aunque el medio fundamental para conformar capacidades productivas fue la adquisición de tecnología a través de empresas extranjeras, diversas firmas desarrollaron capacidades de ingeniería y diseño y, en casos notables, hasta de investigación y desarrollo (Westphall y otros, 1985), mediante sostenidos procesos de aprendizaje tecnológico (Pirela y otros, 1996; Mercado, 2004), llegando a constituirse algunas en importantes motores de la innovación tecnológica de la región.

Reconociendo que el modelo de sustitución de importaciones tuvo distorsiones —debido entre otras cosas a un excesivo proteccionismo y en muchos casos a la mala distribución y utilización de los recursos destinados a la promoción de la actividad industrial—, éste coadyuvó a un sólido crecimiento económico, buena parte del cual correspondía a la agregación de valor nacional a la producción. Esto originó una creciente demanda de empleo, con las consecuentes necesidades de capacitación de recursos humanos, y posibilitó además la generación de excedentes que estimulaban la reinversión, ampliación y diversificación de las actividades productivas (Mercado y Testa, 2004).

La crisis económica que experimentó la región durante los años ochenta llevó a un fuerte cuestionamiento de la sustitución de importaciones, en especial del papel promotor y regulador del Estado. Esta generó una disminución importante de la inversión en infraestructura, ciencia y tecnología y educación superior. En diversos países se planteó la “modernización” de las estructuras económicas, destacando la necesidad de fortalecer sectores capaces de integrarse a la economía global mediante el impulso de la competitividad creando condiciones macroeconómicas favorables y estímulos a la exportación (Suzigan y Villela, 1997). Paradójicamente, la modernización descansaba en el aprovechamiento de “la dotación de factores”, que determina que cada país debe aprovechar aquel bien que use más intensamente el (los) factor(es) más abundante(s) de los que dispone. En el caso de América Latina, vale decir su(s) ventaja(s) comparativa(s) (Chacholiades, 1989). Las variaciones de las tasas de crecimiento (líneas de tendencia) en las últimas cuatro décadas de los sectores agricultura, minería y canteras (incluida energía), construcción, servicios básicos y manufactura, evidencian en primer lugar que —con excepción de la construcción— presenta un lento pero sostenido crecimiento (única pendiente positiva), una ralentización de la economía que evidencia el poco dinamismo observado, en especial en la década del noventa (Gráfico 1). Servicios básicos, si bien presenta una leve pendiente negativa, mantiene altos niveles de crecimiento debido a la necesidad de cubrir los importantes déficits que presenta la región.

Las actividades básicas (minas y canteras y agricultura) tienden a crecer menos en las últimas dos décadas. Sin embargo, la primera no llega a cortar el eje de las abscisas (crecimiento 0) y la segunda lo hace ligeramente apenas al final del período considerado, indicando que han mantenido dinamismo (Gráfico 1).

Manufactura presenta la mayor pendiente negativa, siendo la línea que parte del valor más alto a inicios de los años setenta, cruzando el eje de las abscisas a finales de los noventa, lo que evidencia la progresiva pérdida de peso del sector en la economía (Gráfico 1).

Una revisión de la variación de la Inversión Extranjera Directa (IED) en América Latina corrobora esta apreciación. Según cifras de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), para 1996, en la efervescencia de la privatización, el sector primario respondía por el 17% de la IED, en tanto que la manufactura por el 34% y servicios por el 50% (CEPAL, 2001). Para 2012, el sector basado en productos naturales alcanzó el 26%, creciendo más de la mitad, en tanto que manufactura y servicios retroceden hasta 30% y 44%, respectivamente. Esta ultima composición, según indica la CEPAL, se mantenía próxima al promedio de los cinco años anteriores (CEPAL, 2012). Se verifica entonces una pérdida de importancia relativa de los dos últimos sectores, evidenciando el reforzamiento de patrones de especialización hacia actividades primarias.

Adicionalmente, al interior de la región se observan diferencias que acentúan las asimetrías. Brasil y México, los dos países más industrializados, concentran dos tercios de la IED en manufactura en 2012, en tanto que el resto de los países de América del Sur captan el 51% de la IED en recursos naturales (especialmente minería) mientras que manufactura y servicios apenas el 12% y el 37%, respectivamente (Ibíd.).

En consecuencia, la mejora registrada en los índices económicos experimentada en el presente siglo ha dependido en gran medida de la creciente provisión de materias primas, en este caso a nuevas regiones que incrementan su capacidad de manufactura —específicamente Asia— con la consecuente intensificación de la explotación de recursos naturales, planteándole a la región el gran desafío de modificar su estructura tecnoproductiva con el objeto de garantizar su sustentabilidad en un mundo multipolar en crisis, que confronta serios problemas ecológicos (Leff, 2000).

La estrategia de UNASUR

Los temas socioeconómicos son centro de atención por parte de UNASUR. Entre los objetivos específicos relacionados se citan el desarrollo social y humano con equidad e inclusión para erradicar la pobreza y superar las desigualdades en la región; la integración energética para el aprovechamiento integral, sostenible y solidario de los recursos; el desarrollo de infraestructura para la interconexión de la región de acuerdo a criterios de desarrollo social y económico sustentables; la protección de la biodiversidad; los recursos hídricos y los ecosistemas; el desarrollo de mecanismos para superar las asimetrías y lograr una integración equitativa; la cooperación económica mediante un proceso innovador y dinámico promoviendo el crecimiento y el desarrollo económico que supere las asimetrías mediante la complementación económica y la integración industrial y productiva; y la definición e implementación de políticas y proyectos comunes o complementarios de investigación, innovación, transferencia y producción tecnológica [3].

Fundamentado en estos objetivos, la Secretaría General de esta organización —a cargo de Alí Rodríguez Araque desde 2012— ha propuesto una estrategia común que tenga como prioridad el aprovechamiento racional de sus recursos naturales, no solo mediante su extracción sino a través de su transformación interna, lo que requiere, entre otras cosas, importantes capacidades tecnológicas y científicas (Rodríguez, 2013). Esto ha llevado a discutir el papel que deben tener estas actividades en dicha estrategia. Más allá de las importantes diferencias ideológicas existentes entre sus integrantes, en UNASUR parece existir una visión compartida sobre los graves problemas inherentes al modelo primario exportador y las amenazas que conlleva, máxime cuando la región posee riquezas tan importantes como la mayor biodiversidad del planeta, y los mayores porcentajes de reservas de materiales estratégicos —en algunos casos como el litio y el niobio la casi totalidad— fundamentales para nuevas áreas de producción que probablemente se constituirán en los ejes de la estructura tecnoproductiva global en el futuro mediato.

El papel de la ciencia y la tecnología en la estrategia de UNASUR

Lo anteriormente expuesto conduce a que el tema Ciencia y Tecnología adquiera la mayor prioridad. En diciembre de 2013 se realizó en Río de Janeiro el Foro de UNASUR sobre Ciencia, Tecnología, Innovación e Industrialización en América del Sur. Una de sus mesas de trabajo abordó el tema de “La Gran Ciencia y el Desarrollo Científico Tecnológico en América del Sur”. En la presentación que origina este documento se discutió el papel que el conocimiento tecnológico y científico desempeñará en la estrategia de UNASUR, destacando que una de las mayores dificultades se relaciona con las posibilidades de acceder al conocimiento de las tecnologías penetrantes, situación que demanda el fortalecimiento de áreas disciplinarias que pueden ser asociadas a “La gran Ciencia”, que comprende investigación a gran escala realizada en grandes centros de investigación, contando con grandes financiamientos por parte de los Estados e, incluso, por bloques regionales (Galison, 1992 según Welsh y otros, 2014).

Esto lleva a discutir el papel de la promoción de la investigación, el desarrollo y la innovación (I+D+i). ¿Se cuenta con la infraestructura y masa crítica para producir conocimiento tecnológico y científico necesario para coadyuvar a la integración de cadenas productivas desde la explotación de los recursos naturales hasta la elaboración de productos de alto valor agregado implícitos en la estrategia de UNASUR? ¿La capacidad tecnológica de las empresas de los diferentes sectores hace posible el aprovechamiento de los conocimientos generados en universidades y centros de investigación?

Conocer estas realidades y sus importantes diferencias es fundamental para una adecuada promoción del desarrollo tecnológico y científico requerido para el aprovechamiento integral de los recursos naturales. Debe evitarse volver a reproducir acríticamente modelos de promoción de capacidades de investigación de los países desarrollados (PD), sobre todo si se toma en cuenta que en la generalidad de los casos los estados Suramericanos se desenvuelven en escenarios de recursos escasos que, en orden de prioridad, deben orientarse a resolver acuciantes necesidades sociales. En otras palabras, hay que ser conscientes de las limitaciones que implica la adopción del modelo de “La gran Ciencia”. Pero por otra parte también debe evitarse la pretensión de imponer modelos que subvaloran las formas de generación de conocimiento científico conformadas hasta ahora, que se legitiman mediante mecanismos tradicionales como la publicación en revistas especializadas y comunicaciones en Congresos internacionales, las cuales tienen valor intrínseco en sí mismas.

Mecanismos de promoción poco apropiados

La promoción inicial de capacidades de investigación en la región den- tro de los cánones del modelo lineal de innovación tecnológica (MLIT) —período que va entre los años cincuenta a los setenta— arraigó con fuerza en los diferentes actores la idea de que el Estado debía estimular la creación de instituciones cuyo objetivo fundamental fuera generar investigación, básica y aplicada, y el desarrollo de prototipos tecnológicos a partir de las cuales se podía y debía generar innovación en la industria (Thomas y Dagnino, 2000). La implantación acrítica de estos instrumentos no tomaba en cuenta la inexistencia de un tejido industrial con capacidad tecnológica capaz de demandar ese conocimiento de base, lo que entre otras razones determinó que muchos centros reforzaran un perfil orientado a la investigación fundamental, cuya producción se traducía básicamente en artículos y comunicaciones científicas de escaso impacto socioeconómico.

A partir de los años ochenta, se tornó más evidente la alineación de la política científica y tecnológica de los Organismos Nacionales de Ciencia y Tecnología (ONCYTs) con las proposiciones de organismos multilaterales, que en el fondo reforzaban modelos ofertistas poco adecuados a la realidad tecnoproductiva de la mayoría de los países. Por ejemplo en el segundo lustro de los ochenta se da el boom de creación de parques tecnológicos, creados originalmente en Estados Unidos en la década de los cincuenta, comenzando por Brasil, donde en 1985 el Consejo Nacional de Investigaciones de Brasil (CNPq) inició su programa, en tanto que en Venezuela y Argentina nacen a principios de los noventa (Giacone, 2004; Mercado, 2012). Los resultados fueron muy disímiles, pues mientras en Brasil se consolidaron algunas importantes experiencias —y en menor medida en Argentina—, en Venezuela obtuvo resultados muy discretos (Mercado, 2013).

Durante los noventa, acompañando los programas de modernización económica adoptados por muchos países de la región, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) participa de la promoción de la actividad científica y tecnológica estableciendo líneas de crédito para actividades de Investigación y Desarrollo. Estos programas, fuertemente influenciados por las ideas prevalecientes en los PD, preestablecía las áreas a ser financiadas, correspondientes a las entonces denominadas nuevas tecnologías que incluían química fina, microelectrónica e informática, nuevos materiales y biotecnología, sin hacer mayores consideraciones de las condiciones y necesidades particulares de los Sistemas Nacionales de Ciencia, Tecnología e Innovación. Por ejemplo, en el caso específico de Venezuela, estas eran áreas en las que prácticamente no existía capacidad industrial. Lo sorprendente era que en los contratos de los proyectos se establecía como condición para el otorgamiento del préstamo que se garantizara la transferencia de resultados al ámbito productivo. La pregunta que inevitablemente surge es ¿qué transferir si no había donde transferir? Es lógico suponer que no hubo siquiera un solo resultado de investigación que se aprovechara en la producción.

Conocimiento producido en la investigación y su utilidad en la industria

En los organismos de investigación existentes en la región se genera una cantidad importante de conocimiento en todas las disciplinas científicas y en importantes áreas tecnológicas. Es posible conseguir instituciones que si bien fueron concebidas en el modelo de la gran ciencia —como el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC)—, preva- lecen las prácticas de pequeños grupos de investigación, debido a que esta forma de organización les posibilita cierta autonomía en la definición de las líneas de trabajo y en el manejo del equipamiento científico, además de atenuar riesgos de insuficiencia de financiamiento público usuales en la región (Vessuri, 1995). Existen otras que encuadran muy bien en el patrón de la Gran Ciencia, como el Observatorio astrofísico de Paranal en el desierto de Atacama, consorcio científico que cuenta con la participación de varios países europeos y Chile.

Existen también, principalmente en los países más industrializados, importantes instituciones tecnológicas cuyo crecimiento y consolidación ha estado vinculado a la provisión de conocimientos necesarios para incrementar la capacidad tecnoproductiva de la industria. Estas instituciones han podido interpretar demandas específicas de la producción para desarrollar sus líneas de trabajo. A título de ejemplo se citan el Centro de Investigaciones Leopoldo Américo Miguez (CENPES) de PETROBRAS, con importante experiencia de desarrollo entre las que destacan las tec- nologías de producción offshore (aguas profundas) (Furtado, 1996); la Empresa Brasileña de investigación Agrícola (EMBRAPA), que ha logrado soluciones tecnológicas adaptadas a las condiciones agroclimáticas del país con doble orientación: una hacia pequeños productores, que ha servido para fortalecer una agricultura familiar que contribuye de manera importante a garantizar la seguridad alimentaria del país, y otra orientada al agrobusiness, donde participan grandes empresas privadas, nacionales y multinacionales (Fuck y otros, 2007), contribuyendo a que esta actividad sea hoy un pilar del comercio exterior [4]; y, por último, el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), en Argentina, conformado por 45 centros de I+D de diferentes sectores de la industria que históricamente han contribuido a la innovación y transferencia de tecnología (INTI, 2011).

En países de menor desarrollo industrial existen algunos centros tecnológicos cuyo objetivo es proveer conocimiento de base a la industria. Sin embargo, no han consolidado capacidades para desarrollar ampliamente el conocimiento tecnológico. Se cita el caso del Instituto Tecnológico Venezolano del Petróleo (INTEVEP), que si bien posee importantes capacidades de I+D, no ha conseguido articularse de modo efectivo con las di- ferentes áreas operativas de la industria a fin de definir agendas de trabajo en función de sus necesidades específicas, por lo que no se ha disminuido significativamente la fuerte dependencia de la tecnología extranjera.

Pero en la generalidad de los casos prevalece la organización de la investigación en pequeños grupos, ubicados principalmente en las universidades públicas que, como se indicó, legitiman su trabajo a través de los mecanismos clásicos como publicaciones científicas y presentaciones en congresos internacionales, teniendo una muy escasa interacción con el ámbito productivo [5].

En las comunidades académicas, incluyendo investigadores del área CTS, se ha internalizado una visión sesgada acerca de esta situación y la consecuente baja transferencia de conocimientos a la industria. Suelen sostener que se generan resultados pero la industria no los aprovecha, razonamiento que desconoce que las posibles demandas que puedan realizar las empresas van a depender sustancialmente de su capacidad tecnológica.

Según Westphal y otros (1985) existen tres niveles de capacidad tecnológica que alcanzan las empresas a través de procesos de aprendizaje tecnológico, a saber: 1) Capacidad de uso y operación de sistemas de producción existentes; 2) Capacidad de ingeniería y diseño, que además de uso y operación permite modificar y mejorar procesos existentes dentro de los parámetros originales de diseño de la tecnología; 3) Capacidades de I+D para crear nuevo conocimiento tecnológico y su transformación en especificaciones aplicables en la producción.

Si la mayoría de las firmas alcanzan apenas capacidad de uso y operación de procesos que en muchos casos han adquirido a través de la negociación [6], es poco probable que demanden conocimiento a las universidades más allá de algunos servicios de análisis y capacitación. Dicha situación se agudiza cuando se determina que el tipo de conocimiento que se genera en las universidades corresponde en muy alta proporción a investigación fundamental.

Valor y utilidad del conocimiento

La visión sesgada no permite distinguir nítidamente la diferencia entre el valor y la utilidad del conocimiento [7]. Digamos que en una perspectiva general un investigador asume que su producción es valiosa y útil per se. Esto puede ilustrarse con la experiencia personal. A finales de la década pasada, participamos en un Congreso de electroquímica en Venezuela. Todas las presentaciones a las que asistimos cabrían dentro del concepto de investigación básica o fundamental. Tocó hacer una presentación sobre el Centro Nacional de Tecnología Química (CNTQ), instituto conformado bajo la figura de Interface tres años antes, que centralizaba su estrategia en trabajar en problemas y necesidades de la industria, que se intentaba traducir en proyectos conjuntos. Cuando se planteó esta dicotomía, la reacción de los investigadores fue casi de irritación. ¿Cómo era posible sostener eso? Su percepción era que el conocimiento generado por ellos era útil. Se les insistía “Es valioso, pero no necesariamente útil para la producción”, vale decir que fue imposible llegar a un acuerdo.

Por esa misma época se asistió a las Jornadas de Ingeniería de la Universidad Central de Venezuela, con el objeto de realizar una actividad similar a la citada en el párrafo anterior. Llamó poderosamente la atención que en este caso la gran mayoría de los trabajos eran de investigación, y las presentaciones sobre desarrollo tecnológico inherentes a esas disciplinas eran más bien la excepción. Esta conducta de los investigadores hace que se desaprovechen oportunidades de ampliar sus líneas de trabajo a partir de problemas o temas que se plantean en la actividad productiva e, incluso, en otras importantes áreas como salud y ambiente [8].

El tema de la utilidad está muy relacionado con el nivel en que se encuentra el conocimiento que se genera, y ya se ha dicho que en la gran mayoría de los casos corresponde a investigación fundamental, por lo que obviamente no es de utilidad para la mayoría de las empresas que presentan baja capacidad tecnológica. Así, difícilmente puede ser aprovechado en la producción. En estas condiciones, ¿cómo se integra la CyT en la estrategia integral de utilización de los recursos naturales?

¿Demandas de conocimiento en la estrategia de UNASUR?

La estrategia de aprovechamiento y utilización integral de los recursos naturales de UNASUR demanda el concurso de innumerables áreas de conocimiento científico y tecnológico. Sólo para mostrar algunos ejemplos, se elaboró un cuadro de áreas tecnoproductivas estratégicas de la economía global, vinculadas a la provisión de recursos naturales de la región, y de las disciplinas de investigación de las cuales se requiere conocimiento para su desarrollo (Cuadro 1).

En primer lugar, se determina que la mayoría de las disciplinas son horizontales para los diversos sectores productivos. Por ejemplo, química analítica, microelectrónica e informática son indispensables en las cuatro grandes áreas tecnoproductivas consideradas, en tanto que materiales, microelectrónica y química ambiental en tres (Cuadro 1). Debe aclararse que no se ha incluido la nanotecnología en las áreas disciplinarias debido a que por su carácter altamente penetrante es soporte fundamental de varias disciplinas. Incluso investigadores y elaboradores de política señalan que mucho de lo que en la actualidad se reconoce como nanociencias se ha realizado durante décadas bajo clasificaciones como “Química aplicada”, “Física de superficie”, “Física macromolecular” y “Ciencia de los materiales” (Gelfert, 2012).

Una revisión más detallada permite formarse una idea acerca de la importancia de las áreas disciplinarias para el proceso de integración productiva, ejercicio que puede ser de utilidad para establecer una agenda de promoción de capacidades de I+D+i.

Petróleo y petroquímica

Este sector continúa desempeñando un papel prioritario en la economía global. Bolivia, Brasil, Venezuela y recientemente Argentina con el petróleo de esquisto, detentan un porcentaje muy importante de las reservas mundiales de hidrocarburos, por lo que la región mantiene una posición altamente estratégica en el ámbito de la energía. Estas industrias demandan conocimiento de muchas áreas disciplinarias (Cuadro 1). El aprovechamiento integral de los recursos demanda importantes conocimientos en catálisis, cuyas capacidades de investigación, hay que reconocer, está bastante desarrollada en América Latina, pero en desarrollo y producción industrial sólo se registra actividad importante en Brasil [9].

En la actualidad, hay avances relevantes en este área que, incluso, están determinando cambios sustanciales en la ingeniería química: la integración refinación-petroquímica, procesos que anteriormente transcurrían en varias etapas y diferentes equipamientos se desarrolla ahora en reactores multipropósito más flexibles que en el área de hidrocarburos ofrecen la posibilidad de reconvertir procesos de producción de combustibles para obtener básicos petroquímicos. Los catalizadores ZSM-5 han permitido maximizar la producción de olefinas livianas en unidades convencionales de FCC. Introducidos inicialmente para mejorar el octanaje de las gasolinas, se estableció que bajo condiciones de operatividad severa, la adición de este catalizador incrementaba la producción de olefinas livianas (propileno y buteno), con la correspondiente disminución del rendimiento en la producción de gasolina (Aitani y otros, 2000). Esto tiene implicaciones importantes por cambios en el mercado. En los PD se está llegando a un pico en la demanda de combustibles fósiles. A partir de 2015 Estados Unidos y otros países de la OCDE comenzarán a disminuir el consumo de gasolina. Por otra parte, en los próximos años se prevé un déficit importante en la producción de propileno.

Pero adicionalmente surge el problema del impacto de estas actividades sobre el ambiente y la salud. La generación de gases de efecto invernadero constituye una amenaza a la vigencia de esta industria, lo que incrementa la importancia del cambio de enfoque planteado en el párrafo anterior, además de la necesidad de conocer y manejar los impactos a través del desarrollo de la química ambiental y la biorremediación. Finalmente, se señala que la microelectrónica y la informática jugarán un papel clave en el control, optimización y diseño de los procesos, en tanto que la biotecnología jugará un papel clave en el desarrollo de la biorefinería y la producción de polímeros verdes (producidos a partir de materias primas renovables).

Litio

Una segunda área de trabajo estratégico es el desarrollo de baterías de litio y la impulsión eléctrica. La cantidad y calidad de los avances en investigación y desarrollo de baterías (aumentos considerables en densidad de energía y densidad de potencia eléctrica) delinean la emergencia de una revolución tecnológica que además va a ser impulsada por imperativos ecológicos, inducidos por la regulación. La necesidad de disminuir la cantidad de emisiones va a difundir con mayor velocidad opciones tecnológicas diferentes a la impulsión basada en los motores de combustión interna. La proyección del crecimiento de la producción de vehículos eléctricos establece que dentro de cuatro décadas ésta será muy superior a la de vehículos de combustión interna (Cambridge Eco- nometrics, 2013).

Ciencia de los materiales, electroquímica, síntesis orgánica, microelectrónica y TICs destacan como áreas disciplinarias en las que se trabaja intensivamente para impulsar esta área tecnoproductiva. En el Cuadro 2 se presentan avances de investigación relevantes en algunas de estas áreas. En la actualidad, el desarrollo de las tecnologías de baterías está adquiriendo gran peso en la orientación de la investigación en el ámbito mundial. De hecho, “Baterías recargables de litio-aire de alta energía” ocupa el primer lugar entre los diez frentes de investigación corres- pondientes a la clasificación “Matemáticas, Ciencia de la Computación e Ingeniería”, en tanto que “nanoalambres de silicona para ánodos de baterías de ión-litio”, es el décimo frente de la clasificación “Química y Ciencia de los Materiales” (King y Pendlebury, 2013) [10].

Uso de la biodiversidad

El aprovechamiento sustentable de la extraordinaria biodiversidad que posee la región tiene sustento principalmente en la biotecnología, la química de productos naturales y la síntesis orgánica. Estas proveen el conocimiento de base que puede permitir desarrollar el gran potencial de producción de fármacos de origen natural, algo prioritario para la región, que presenta una marcada dependencia externa de una industria farmacéutica transnacional aun muy enmarcada en el paradigma de la farmoquímica. También para la producción de alimentos basadas en variedades vegetales autóctonas la preservación y uso de conocimientos ancestrales constituye tema de especial atención en la agenda de trabajo.

Otras industrias dependientes de minerales estratégicos

Suramérica posee importantes reservas de otros minerales estratégicos para un importante número de industrias de alta tecnología. A título de ejemplo, se citan el niobio —del cual la región posee el 97% de las reservas mundiales— y tántalo, con un 54% (Bruckman, 2013). El niobio es de extraordinaria versatilidad para elaborar aceros y superaleaciones de alta capacidad refractaria, por lo que tiene amplios usos en industria aeroespacial, sobre todo en la fabricación de componentes de turbinas, partes de cohetes y equipos altamente resistentes al calor y la combustión (Cunningam, 2000). También se emplea en la fabricación de microcondensadores (dispositivos para almacenamiento de energía), y equipos de tecnología médica (equipos de imágenes por resonancia magnética, MRI).

El tántalo se utiliza principalmente en la fabricación de componentes electrónicos, especialmente de condensadores que incorporan cerámicos dieléctricos, de amplia aplicación para fabricar equipos de comunicación, computación e instrumentación científica y militar (ibíd.).

Las áreas disciplinarias clave para proveer el conocimiento de base para la integración de las cadenas de diversas industrias, desde la materia prima hasta productos de alto contenido tecnológico, son las ciencias de los materiales, fuertemente basadas en procesos nanotecnológicos, electroquímica, microelectrónica e informática.

¿Qué capacidades promover en la estrategia de UNASUR?

Como puede apreciarse, las posibilidades de un aprovechamiento integral de los recursos naturales depende de manera importante de capacidades en diversas áreas científico-técnicas, en particular las vinculadas a las tecnologías penetrantes. Se señaló que la investigación y desarrollo en estos campos frecuentemente se desarrolla dentro de los patrones de la Gran Ciencia, contando con cuantioso financiamiento, incluso ya no sólo de los Estados, en grandes centros de investigación. Un buen ejemplo es la alianza entre el Argonne National Laboratory, de la Universidad de Chicago, que cuenta con más de cuatro mil empleados (Sallee y otros, 2011), y catorce compañías fabricantes de baterías y materiales avanzados para desarrollar tecnología para la fabricación de baterías de litio, contando con un fondo gubernamental inicial de 2.000 millones de dólares (Green Car Congress, 2008). Infraestructura y capacidad de financiamiento de estas magnitudes son, en la mayoría de los casos, impensables para Suramérica.

Esto lleva a abordar un tema neurálgico: el de los mecanismos institucionales a adoptar para promover la investigación, el desarrollo y la innovación (I+D+i) necesarias para llevar adelante la estrategia de UNASUR. Como se indicó, los Estados Suramericanos se desenvuelven en escenarios de recursos limitados que, prioritariamente, deben orientar a la resolución de acuciantes necesidades sociales.

Una condición favorable es que la mayoría de los países Suramericanos cuentan con capacidades de investigación, principalmente básica, en las áreas indicadas. Aunque comparativamente la cantidad de investi- gadores es muy inferior a la que poseen los PD, existe masa crítica con calidad para producir conocimiento de alto nivel, lo cual constituye una interesante línea base para desarrollar políticas (policies) que abran líneas de trabajo que coadyuven al avance de la estrategia de UNASUR.

Otro ejemplo sirve para ilustrar esta apreciación y ver el papel clave que puede tener la política de CTI en el logro de la estrategia de UNASUR: en 2011 —en el marco de un convenio en materia de ciencia, tecnolo- gía e innovación entre Bolivia y Venezuela— se acordó un plan para la implementación de un proyecto conjunto para la fabricación de pilas y baterías de litio. En octubre de ese año se realizó en Caracas el Seminario Industrialización Sustentable de los Recursos Naturales del Litio (cooperación Bolivia-Venezuela, coordinada por el CNTQ). Sus objetivos eran identificar capacidades científico-técnicas y productivas útiles para el proyecto y delinear un plan de acción considerando la participación de los diferentes actores. En ese momento Bolivia ya había definido una estrategia de explotación e industrialización que en su primera fase comprendía la instalación de una planta piloto para la obtención de Carbonato de Litio y Cloruro de Potasio y la instalación de laboratorios en las áreas de química analítica, electroquímica general, electroquímica de baterías y caracterización, síntesis y ensayo de materiales.

Bolivia no tenía capacidad de investigación en estas áreas, en tanto que en Venezuela se halló que en varias universidades nacionales se encontraban diseminadas importantes capacidades de I+D en pequeños grupos de alto nivel en muchas de las áreas de conocimiento consideradas en el emprendimiento del país hermano, pero casi todas ellas orientadas a realizar investigación fundamental (Cuadro 3).

Los trabajos en torno al litio eran escasos. En electroquímica apenas una universidad estaba realizando alguna investigación en baterías de litio y otra en metalurgia de este material, en la generalidad de los casos trabajaban con otros materiales (en especial vanadio y cadmio). Las líneas de investigación eran definidas por los investigadores, respondiendo fundamentalmente a su formación personal como investigadores o su incorporación a líneas existentes, pero en ningún caso sugeridas o consensuadas con actores externos (de la industria o elaboradores de política).

Es aquí donde la política pública debería comenzar a jugar un papel importante, señalando y apoyando el desarrollo de líneas de investigación en áreas estratégicas. De hecho, la sola participación en el seminario permitió a los investigadores ver el desplazamiento de la frontera tecnológica, razón por la que muchos de ellos comenzaron a realizar revisión bibliográfica para procurar desarrollar líneas de investigación en litio.

Reconociendo las limitaciones existentes en términos de generación de conocimiento tecnológico y científico para implementar un proyecto conjunto para la fabricación de pilas y baterías de litio entre los dos países, se identificó que la investigación y desarrollo era un espacio fundamental para la viabilidad del emprendimiento. Este debía fundamentarse en un amplio intercambio de conocimientos e información entre las universidades y centros tecnológicos venezolanos con el grupo de trabajo que conformaría los seis laboratorios del proyecto boliviano y universidades bolivianas, que incluyera actividades de investigación y desarrollo, programas flexibles de formación y capacitación y servicios de laboratorio (Figura 1).

Para un desarrollo más vigoroso, era conveniente establecer acuerdos de cooperación con universidades y centros de investigación de países hermanos (Brasil y Argentina), en el marco de la UNASUR (Mercado y otros, 2011).

Para dar concreción a la cooperación, se propuso la creación de laboratorios binacionales. La multiplicidad y complejidad de las tareas necesarias para la implantación del proyecto evidenciaba el dilema de generar importante cantidad de conocimientos tecnológicos y científicos sin disponer de capacidades suficientes. Esto llevó a proponer que la instalación de los seis laboratorios tuviese figura binacional con el objeto de aprovechar y potenciar las capacidades identificadas en Venezuela y su conformación en Bolivia. En el Cuadro 4 se muestran las actividades contempladas para ser realizadas en los laboratorios a instalar en Bolivia y los aportes que podían realizar las universidades y centros de investigación venezolanos en investigación y formación. Como se aprecia, estas últimas tenían líneas de investigación y capacidades de formación para apoyar cada uno de los laboratorios que se proponía crear (ibíd.).

Este esquema de cooperación, además de fortalecer capacidades necesarias para acompañar los procesos de industrialización de los recursos naturales, contribuiría a disminuir las asimetrías existentes en los países de Suramérica en materia de desarrollo tecnológico y científico. Desafortunadamente, la falta de continuidad institucional impidió que se concretara esta proposición.

La cooperación como eje de promoción de capacidades de generación de conocimiento

La experiencia anterior sugiere claramente cuáles pueden ser los mecanismos de promoción de capacidades tecnológicas y científicas necesarias para la estrategia de aprovechamiento integral de los recursos naturales. En primer lugar, debe evitarse volver a reproducir acríticamente modelos de impulso a las capacidades de investigación diseñados en los países desarrollados (PD) que generaron resultados poco satisfactorios. Se evidenció la inconveniencia de pensar en la creación de nuevas instituciones dentro de los patrones de la Gran Ciencia, por las dificultades de financiar tanto su instalación como su mantenimiento.

No se niega la necesidad de reforzar y crear capacidades de investigación, desarrollo e innovación y en algunos países se podrá plantear el problema de la insuficiencia de masa crítica que hace evidentes las profundas asimetrías. Pero esto no puede colocarse como condición inicial de la agenda, la multiplicidad de grupos de investigación diseminados en las universidades y los centros de investigación puede constituir un núcleo con potencialidad de desarrollo, que impulsado por apropiadas políticas de CTI puede conformar un tramado de actores e instituciones en torno de la proposición de la Secretaría General, que es fundamental para el devenir socioproductivo de la región.

Se propone una agenda con dos horizontes temporales. En el corto plazo, de carácter local, debe incentivarse la incorporación de los numerosos grupos de investigación pertinentes en líneas de trabajo formuladas a partir de necesidades y problemas identificados en los diferentes sectores. En el ámbito tecnológico, seguramente en esta primera etapa se relacionarán con actividades que incrementen la capacidad absortiva de la industria (Sporleder y Peterson, 2003) y su eficiencia productiva. Esto puede inducir procesos de aprendizaje que, por una parte, incrementen la capacidad tecnológica de las empresas y, por otra, eleven la capacidad tecnoproductiva de la Universidad, definida como su habilidad para aplicar y transferir el conocimiento que genera en actividades de utilidad industrial (Mercado y Malavé, 2010).

En otros ámbitos como el ambiental y el sanitario, es posible un mayor involucramiento de los grupos de investigación. Las actividades extractivas y de transformación primaria generan problemas que demandan abordajes urgentes, que además de caracterizar y atenuar los impactos, busquen alternativas para la reutilización y aprovechamiento de residuos y subproductos y desarrollen prácticas de remediación. Esto último es particularmente urgente por la grave degradación ambiental que experimentan muchos espacios donde se desarrolla la actividad productiva en la región.

La segunda, de mediano plazo, de carácter regional basada ampliamente en la cooperación, debe promover el desarrollo de proyectos multidisciplinarios que apunten a impulsar la integración de cadenas productivas a partir de los recursos naturales. Los requerimientos de explotación e industrialización sustentable de los recursos señalan el tipo de conocimientos requeridos que deben generarse tanto en universidades y centros de investigación como en las empresas de los diferentes sectores, así como evidenciar las asimetrías existentes que deben disminuirse.

La creación y el fortalecimiento de redes de investigación aprovechando los numerosos grupos de trabajo existentes en torno a los conocimientos requeridos, en especial en las áreas relacionadas con las tecnologías penetrantes, bien a través de la creación de laboratorios públicos multinacionales de varios países que compartan una base amplia de recursos necesarios para una industrialización integral, bien mediante redes de intercambio de investigadores y estudiantes incorporados en proyectos específicos puede atenuar la dificultad de no tener capacidad de realizar grandes inversiones.

Lo anterior demandará desarrollar aprendizajes socioinstitucionales bajo nuevos conceptos y modelos de política científica, tecnológica e industrial que trasciendan tanto modelos lineales cientificistas como nociones fuertemente basadas en la competitividad y la inserción internacional. No obstante, también debe alertarse de algunas pretensiones recientes de impulsar modelos utilitarios que subvaloran las formas de generación de conocimiento científico y tecnológico desarrolladas hasta ahora. Si no se generan cambios en estas dinámicas —superándose conductas marcadamente disciplinarias que estimulan comportamientos estancos— difícilmente podrán superarse las condiciones tecnoproductivas presentes.

P.-S.

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Notas

[1] Este proceso se registró en los países más grandes (Brasil y Argentina). En el resto, en la mayoría de los sectores industriales, la integración fue muy limitada, prevaleciendo las actividades primario-ex- portadoras.

[2] En primer lugar en Venezuela a finales del siglo pasado, seguido a comienzos del presente en Brasil y Argentina y a mediados de la década en Uruguay, Bolivia y Ecuador.

[3] www.comunidadandina.org/unasur/tratado_constitutivo.htm

[4] Aunque los autores tienen cuestionamientos a este modelo, no es objeto de este estudio valorar su conveniencia en términos de desarrollo sustentable.

[5] En su mayoría trabajan de forma atomizada,aunque en algunos casos llegan a constituir redes regionales que se relacionan básicamente a través de la realización de congresos y seminarios internacionales.

[6] Al menos en el caso venezolano, se ha constatado que en muchos casos ni siquiera alcanzan una buena capacidad de uso y operación.

[7] Incluso es válido plantear el uso del neologismo “usabilidad” del conocimiento (del original usability), por su significado en términos de la efectividad y eficiencia de la aplicación del conocimiento generado.

[8] Esta conducta ha tendido a reproducirse incluso en la definición de las políticas de CyT, debido a que históricamente los responsables de su formulación y ejecución frecuentemente son investigadores que no entienden las grandes diferencias que existen en las lógicas de la investigación y el desarrollo tecnológico.

[9] Las capacidades de desarrollo tecnológico están estrechamente ligadas a la Fábrica Carioca de Catalizado- res, que posee importante capacidad de investigación y desarrollo, demandando conocimientos del CENPES.

[10] Medidos en función de número de artículos “centrales” publicados, citaciones recibidas y año pro- medio más reciente de las publicaciones.


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