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19-02-2015

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Horizontes Socialistas y Buen Vivir en América Latina

Videoteca Contracorriente ICAIC
Irene León

Entrevista a Irene León por Gilberto Valdés en el espacio de Videoteca Contracorriente del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfico, ICAIC.

Parte 1:

En la primera parte se aborda la situación de cambios políticos, económicos y sociales en América latina, su significado y posibilidades de futuro, y los caminos de Ecuador como parte de los mismos.

Al respecto, Irene León llama la atención sobre el período especial que está viviendo Suramérica, en el cual ha asumido el desafío de enfrentarse a sí misma y hacerlo bajo parámetros propios, buscando en sus historias para mirar el futuro. En ese escenario hay que hablar de los gobiernos latinoamericanos que, con distintos matices, han planteado un horizonte distinto para la región, y han evidenciado una voluntad colectiva de desprenderse de la reglas del neoliberalismo, y en algunos casos del capitalismo.

Además, en la entrevista se llama la atención sobre los procesos integración Suramericana, que visualizan a la región como un territorio compartido, endógeno, de posibilidades amplias. Eso implica mucho retos, derivados de un pasado reciente en el que se forjaron fronteras y divisiones, una historia de autopercepciones definidas por nuestras relaciones con el capital, y un período neoliberal reciente del cual no se ha terminado de salir. Los procesos de integración comentados por Irene León —la CELAC, UNASUR, la ALBA— son considerados por ella como una condición sine qua non para viabilizar estas propuestas de cambio.

Otro de los temas incluidos en la entrevista es el significado cultural de las actuales transformaciones y lo que ello ha significado para la reemergencia de la discusión sobre los distintos pueblos que han coexistido en América latina, cada uno con su propia cosmovisión, sus formas de gobiernos, y sus distintas maneras de visualizar su futuro. Estos pueblos emergen como actores políticos de porvenir, y permiten necesariamente hablar de culturas, en plural.

En relación con Ecuador, en la entrevista se comentan los caminos recorridos para conformar estrategias de des-neoliberalización, colocar en el centro la reproducción de la vida y no la del capital, y desmontar el orden y contenido de los actores que el neoliberalismo legitimó: primero el mercado, después el estado, y luego la sociedad.

En ese sentido, se enfatiza en la importancia del eje de la soberanía —política y económica— como parte de los cambios en Latinoamérica. En Ecuador se han dado dirigidos por ese empeño: la recuperación de la gestión política, económica y social de manera soberana; la creación de una institucionalidad pública; la coordinación de la política económica; la elaboración de una propuesta para una nueva arquitectura que incluya a toda la región y se articule a las iniciativas de integración; el cambio constitucional que define al sistema económico ecuatoriano como social y solidario; la recuperación de la capacidad redistributiva del estado; y el cambio de los tipos de relaciones con las instituciones financieras internacionales. Sobre este último punto, se encontrarán referencias a la auditoría a la deuda externa que realizara Ecuador, iniciativa única en el mundo que alcanzó resultados concluyentes sobre la ilegitimidad de la deuda externa, y demostró que esta constituye, sobre todo, un instrumento de presión política para que los países permanezcan alineados a la gestión capitalista.

Con todo, en la entrevista se reflexiona sobre las puertas para una transición en América latina.

Parte 2:

Irene Léon, afirma que Ecuador vive un momento de resignificaciones, de imprimir otros sentidos a instituciones históricas:

Tenemos la posibilidad de haber planteado propuestas de cambios a través de mecanismos de la democracia liberal. Son los procesos electorales los que han permitido situar desde el poder la posibilidad del cambio. Este factor marca una diferencia. Ahora no se trata de disputar esta realidad, sino de darle otros ángulos, expandiendo los contenidos participativos de la democracia. Podemos crear así otra institucionalidad.

En países como Ecuador, Bolivia, Venezuela, tenemos ahora varios poderes públicos, no únicamente los tres poderes clásicos de la democracia liberal. En específico, en Ecuador se han creado dos nuevos poderes. El primero de ellos es el Electoral, no solo para garantizar las elecciones que se convoquen cada cuatro años, sino para habilitar un espacio permanente de consulta a todo lo largo de los procesos de toma de decisiones, a través de referendos y consultas populares. El segundo es el poder de participación y control ciudadanos. Este supone la entrada de la ciudadanía al proceso de toma de decisiones en una escala antes no conocida. Hoy, por ejemplo, muchos funcionarios públicos son nombrados por ese Poder ciudadano, no por los partidos, y quedan sometidos a obligaciones de transparencia, con mecanismos de control sobre su actuación.

La esencia del asunto reside aquí en que se profundiza, se radicaliza, la lógica de la democracia representativa, en una práctica complementaria que no se agota en la representación.

Durante el neoliberalismo, se posicionó el tema de la corrupción como un problema “del sur”. No se entendía como una distorsión generada por los dispositivos políticos y de mercado, sino como algo inherente a nuestras culturas políticas. Con otro posicionamiento, hoy se sitúa a la ética como eje de relación política, como medida de la actuación pública y como núcleo, en general, de distintos niveles de interacción en la sociedad, que llega a las relaciones entre las personas.

No debemos olvidar que estos cambios se realizan en el contexto de la globalización, en un proceso encuadrado por el despliegue de sus dos grandes poderes, el financiero y el militar industrial, y que ellos sitúan el marco frente al cual es preciso avanzar.

El neoliberalismo hizo ver al mercado como único horizonte posible. Las instituciones financieras actuaron como guardianes de dicha visión, y combatieron todas las posibilidades ofrecidas históricamente, por ejemplo, por la agricultura campesina, a favor de la agricultura industrial gestionada por trasnacionales. Los pueblos hemos reproducido nuestra vida de otro modo. Actualmente, la enorme mayoría de los alimentos que consume el mundo sigue siendo producida por agriculturas campesinas.

Esa omnipresencia del mercado se manejaba con el lenguaje exclusivo de la empresa, fuesen grandes, medianas o pequeñas, que entendía el nivel de consumo como sinónimo de nivel de vida. Solo con el cambio que estamos viviendo hemos podido plantear el horizonte de la economía social y solidaria contra la exclusión y la discriminación generada por los mecanismos de mercado.

Las propuestas de izquierdas se plantean por estas vías. En ellas, emerge como actor el pueblo, y se hace visible a través de movimientos sociales. Nuestro horizonte es el de una alternativa civilizatoria, no solo un cambio de modelo. Es otra manera de concebir la sociedad, orientada en su conjunto hacia la reproducción de la vida, de lo que hace parte la economía, pero que busca conjugar todas las dimensiones en una visión de largo plazo. Como hemos llegado hasta aquí a través de los mecanismos electorales, y los actores de poder están presentes y actuantes en nuestras sociedades, nos enfrentamos a sus rearticulaciones y a sus despliegues, a través, por ejemplo, de la comunicación, que estos poderes controlan a partir de la propiedad privada, muy concentrada, sobre los medios.

Uno de los ejes más profundos e importantes de los cambios se sitúa en torno al extractivismo. Vivimos una disputa de sentidos, pero no solo con la derecha sino entre los diferentes proponentes de la alternativa de cambio. Aquí es imprescindible comprender el de dónde venimos, porque es donde todavía estamos en muchos niveles. Nos encontramos ante dos tipos de presiones complementarias. El capitalismo por su propia lógica genera, en la dimensión de lo político, redes clientelares y ambientes para estas redes. Al mismo tiempo, el capital financiero funciona sobre la base de la especulación, inventando riquezas que no tiene. Esos procesos constituyen sujetos y les garantizan maneras de reproducción de poder. Las corporaciones están entre los sujetos visiblemente más favorecidos por dicha lógica.

Lo primero que debemos afrontar son estos poderes constituidos. Acabamos de observar un resultado histórico, una verdadera novedad: los resultados del proceso judicial por los cuales diferentes pueblos amazónicos demandaron a la compañía TEXACO por los daños infligidos durante la explotación de petróleo.

El extractivismo, la explotación de recursos como el petróleo, el gas, la minería, venía dándose desde hace muchísimo tiempo sin regulación. Nuestros países han vivido de vender esos recursos. Ese ha sido el signo de su articulación con el mercado mundial.

Lo nuevo aquí es poner un alto regulatorio a las prácticas extractivas. En Bolivia y Ecuador las corporaciones se llevaban cerca de 80% de los ingresos, el resto se distribuía desigualmente. Los gobiernos de cambio han trastocado esa relación. Es fácil de decir. Hay quien pide expulsar a todas las corporaciones de inmediato. Pero debemos comprender las dependencias que han constituido, y constituyen, nuestras economías para plantearnos alternativas responsables, que en este caso son las orientadas a la regulación de la industria extractiva y a la redistribución de las riquezas que generan en un marco de transparencia administrativa y de justicia social. El problema del extractivismo no lo han inventado los gobiernos de cambio, sino que es el legado de la conformación misma de nuestras sociedades. Ahora, ¿hacia dónde apuntamos en ese campo? Apostamos por una transición hacia un país bioplural.

Es preciso cambiar muchas reglas de juego para alcanzar la sociedad del vivir bien. Para empezar, Ecuador ha sido el primer país en postular constitucionalmente la obligación de trabajar por la soberanía alimentaria. Buscamos el cambio de un país agroexportador hacia un país que respete la biodiversidad, que reconoce diferentes escalas espaciales para la economía, que afirma la soberanía frente a poderes trasnacionales, y abre con ello una gran gama de posibilidades para ser autosustentables al tiempo que solidarios.

Sería absurdo decir que no hay extractivismo en nuestros países, como sería absurdo ponerle fin de un día para otro. La respuesta creo que está en el horizonte de sentido al cual antes me he referido: la prioridad de la reproducción de la vida en relación con los derechos de la naturaleza. Un ejemplo práctico que muestra cómo concretar este horizonte es el proyecto ecuatoriano de dejar el petróleo bajo tierra en el proyecto Yasuní ITT. Muchos dicen que vendiendo ese petróleo saldríamos de nuestros problemas económicos, sobre todo de la realidad terrible de la pobreza. Pero, justamente, lo que no queremos continuar es el régimen de depredación de recursos, que nos ha mantenido hasta ahora sin proyecto propio. Queremos mantener la biodiversidad, como una ventaja no solo para Ecuador sino para el mundo entero. El gobierno ha propuesto a la comunidad internacional, especialmente a los países más consumidores, aportar fondos que compensen en parte lo que el pueblo ecuatoriano dejaría de percibir por no extraer el petróleo. Muchos no ven futuro a esta iniciativa. Su viabilidad depende en última instancia del compromiso que la comunidad internacional materialice con la iniciativa. Hemos recibido respuestas sorprendentes que no vienen de los Estados sino de los pueblos, que han levantado diversas iniciativas de apoyo. En Ecuador se ha generado un apoyo asombroso al proyecto. La gente ha adherido muchísimo a la Iniciativa y la defiende. Se entiende como proyecto de vida, de futuro, y de transición hacia otro modelo.

La Iniciativa ha generado, asimismo, un efecto internacional multiplicador en otros frentes que han comenzado a pensar sus soluciones con la misma lógica que implica el proyecto Yasuní.

Parte 3:

En la última parte, la entrevistada reflexiona sobre el Buen Vivir, las relaciones políticas entre las naciones del continente latinoamericano, los modos democráticos de encarar la diversidad, los proyectos seguidos por los gobiernos de cambio en el continente, y sobre las reformulaciones que en el campo de lo político impone la actual coyuntura:

La clave del Buen Vivir es la salida de la dominación del capital como principio rector de la organización de la sociedad. El capital ha ocupado demasiado espacio histórico, demasiado espacio en las relaciones humanas. Contamos con otras visiones, que no han sido las dominantes, y que proponen otros enfoques en aras de la reproducción de la vida y no del capital. Una de ellas es el Buen Vivir.

El Buen Vivir es el eje articulador de nuestro proyecto de cambio, refrendado en la Constitución como respeto a la naturaleza, como construcción de una sociedad bioplural. Somos parte de la naturaleza y no queremos ser sus dominadores. Con este sentido, estamos abandonando el enfoque antropocentrista. Consideramos que la diversidad humana es parte de la biodiversidad.

Aquí es donde entra la idea del Buen Vivir. No es una idea específicamente andina, o que esté presente solo en culturas con referentes ancestrales, pues se encuentra en muchas culturas. Implica una redefinición del modo en que nos relacionamos. Sea por el capitalismo, por el patriarcalismo, o por cualquier otro orden excluyente, hemos creado históricamente escalas, jerarquías, entre nuestras relaciones. Debemos pensar en ir más allá. La lógica del capital impone, a partir de sus límites, sus propios plazos a la supervivencia humana. La ciencia occidental positivista hace parte de ese problema. Promete siempre descubrir algo que nos salvará. Promete incluso ir a otros planetas, o a la Luna, para extraer recursos como una nueva solución dentro de su misma matriz.

Por otra parte, el capitalismo orienta la diversidad hacia el mercado. Su lógica hace que se constituyan mercados de y para mujeres, de y para etnicidades, de y para las comunidades gays. Nuestra visión de la diversidad es diferente. La biodiversidad es condición de vida. La diversidad humana es parte de ello.

Defendemos una diversidad ciertamente plural, sin limitarla a las matrices impuestas por el enfoque capitalista mercantil. En Ecuador se ha reconocido la diversidad económica y productiva. Es una posibilidad de futuro. ¿Por qué todo el mundo tiene que transitar por un mismo tipo de organización económica?

El eje es una ética de lo humano, que no excluya las experiencias de vida de muchos pueblos y culturas. Apenas se les ha reconocido a estos su derecho a la existencia, en tanto históricamente se ha buscado integrarlos en las culturas dominantes. El Buen Vivir recupera la diversidad no solo “cultural” sino de las experiencias de vida y de organización de la economía. Se han considerado minorías grupos que, en su conjunto, constituyen las grandes mayorías de la humanidad. Queremos cambiar ese enfoque. Somos parte de esta gran biodiversidad planetaria, que es la que genera la vida. Para encarar estos cambios, partimos de la realidad de un país que vivió sin soberanía, que miraba el mundo con ojos prestados, subordinado a la hegemonía hemisférica bajo tutela imperialista y que situaba al mercado como eje rector de la vida, a partir de las visiones propuestas por instituciones del tipo de la OMS.

Llegamos a este proceso de cambio apenas sin mirar a Sudamérica. La soberanía deviene, entonces, un eje esencial para convertirnos en actores con una nueva visión sobre nosotros mismos.

Con este sentido, hemos generado una visión de política internacional en círculos concéntricos: primero, nuestros vecinos, los sudamericanos; después el Sur en su conjunto; luego una política internacional multipolar. Aquí hacemos también una revolución en la manera de articularnos con el mundo.

Es lo que hacen también otros gobiernos en cambio. Aun en minoría en el concierto internacional, esto nos provee apoyos entre unos y otros, que logran ir sentando posiciones. La ALBA, la UNASUR, son instrumentos que contribuyen a la multipolaridad de las relaciones internacionales. Esta manera de definirnos es más importante aún dadas las condiciones a las que nos expone el capitalismo en materia, por ejemplo, de seguridad. Somos un país de paz, así nos define nuestra Constitución. El Plan Ecuador es de armonía y desarrollo cultural en las fronteras, todo lo contrario al Plan Colombia.

No propendemos a un sistema agresivo de defensa, pero son necesarias estrategias de defensa articuladas con otros países de paz. El Consejo de Defensa de la UNASUR es un importante espacio para nuestra protección mutua.

Parece impensable, pero nuestra política de defensa no estaba controlada por nacionales, sino por entes extranjeros como la CIA o la DEA. Hemos dado un gran paso poniendo límites a esta situación y construyendo el sistema de defensa según nuestros parámetros.

Es un proceso difícil, porque ha conllevado tensiones, como el retiro de representaciones diplomáticas, pero es esencial para la defensa de la soberanía. Con todo, ha habido intentos de golpes de Estado, como en Venezuela, y Ecuador. Es algo que no debemos perder de vista. Cuba es un ejemplo para nosotros de política exterior soberana, que ha alcanzado los lugares más recónditos del planeta, y planteado cuestiones que no estaban en debate, como es la solidaridad. Muchos de nosotros, cuando estamos en contextos en los cuales no entendemos las lenguas locales, hemos sido confundidos con cubanos, precisamente por la presencia cubana en tantos lugares del mundo en materias tan importantes como la salud y la educación. Cuba ha sido pionera en tener una visión de mundo, que nosotros pensamos rearticular de otros modos, porque el momento es diferente.

Durante el neoliberalismo se satanizó a la política, esta se asociaba a la corrupción, la burocracia, y a otros muchos adjetivos peyorativos. Se buscaba, y muchas veces se logró, desincentivar el interés popular por la política. La recuperación de la política es la recuperación misma del pueblo como sujeto. Lo que en el discurso neoliberal se retiraba del ámbito de la política, y se colocaba en una dimensión sectorial o individual, ahora buscamos reconstituirlo en el espacio común de la política. Muchos movimientos sociales se recluyeron en esa participación “social” para ocuparse de aquellas áreas que el mercado y el estado no abarcaban. Otros movimientos sí mantuvieron, o han renovado, un perfil que integra las dimensiones sociales, económicas y políticas en demandas relacionadas con la reproducción de la vida.

Queremos debatir sobre el contenido de la política, y sobre sus modos en el siglo XXI. Entendemos que es un derecho de las personas, pensar y hacer política.

Con los procesos de cambio, tenemos una posibilidad inédita de participación política, no solo social, o individual. Es una posibilidad distinta de coproducción de ideas. La invitación que, en espacios como el Foro Social Mundial, hemos hecho es para reconceptualizar, o inventar, otros modos de hacer política en el siglo XXI, que contemple la política como algo distinto de un espacio monopolizado por pequeños grupos que reivindican cada uno tener su verdad, sino como un espacio, usando un concepto bien femenino, de gestación.

No necesitamos un grupo iluminado que pretenda hacerlo todo. Para que sea a nombre de todos, deberá gestarse con la participación de todos. La revolución no es una fórmula que alguien en particular debe desarrollar, sino un espacio, un proceso de construcción de largo alcance. Ojalá que nuestras revoluciones sean concebidas como tal, como procesos en construcción por los pueblos, sin inmovilismos.

Es esto precisamente lo que está en la base de lo que hemos logrado con los gobiernos de cambio. Ningún partido, ningún grupo, hubiese logrado lo que ha logrado la apertura de la política a nuevos, y ampliados, sujetos populares. No defendemos una sola línea, sino planteamientos de cambio que tienen confluencias entre sí. Esta es la razón de los apellidos que aparecen para el socialismo (cultural, comunitario, del Buen Vivir). Tales calificaciones expresan las búsquedas que están en curso, aquí y ahora.


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