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24-02-2012

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La economía socialista del siglo XXI: ¿Qué hacer desde el gobierno?

Marta Harnecker

Ponencia de Marta Harnecker en el foro internacional "Los nuevos retos de América Latina: socialismo y Sumak Kawsay", Quito, enero del 2010.

La conocida filósofa marxista Marta Harnecker se refiere en esta intervención a dos temas básicos: la economía política del socialismo y el “qué hacer” por parte de gobiernos progresistas o revolucionarios, una vez que han conquistado acceso al Estado. Según Harnecker:
El socialismo del siglo XXI propone una lógica distinta al capitalismo: una economía regida por una lógica humanista y solidaria, que pone en su centro al ser humano, no a las máquinas o al Estado. Por ello, esta economía se centra en los valores de uso y de respeto a la naturaleza. Esta meta debe subordinar progresivamente los elementos del capitalismo a su nueva lógica. El horizonte es reestructurar las relaciones de producción, distribución y consumo en una nueva dialéctica, basada en la propiedad social, la producción social organizada por los trabadores y la satisfacción de las necesidades comunales. Es a este conjunto a lo que el presidente Chávez le denominó el “triángulo elemental del socialismo”.

Para distribuir equitativamente y satisfacer necesidades de todos, los medios de producción fundamentales no pueden ser acaparados por pocos, en su propio beneficio, sino deben estar en manos colectivas.

Sin embargo, el socialismo del siglo XX confundió propiedad estatal con propiedad social. No es lo mismo socializar que estatalizar. Por lo mismo, la propiedad formal no equivale a apropiación material. Se requiere ir más allá de la estatalización, a diferencia de lo ocurrido en la URSS. En esa experiencia, el Estado supuestamente representaba a los trabajadores del campo y la ciudad,, pero no se modificó el régimen de organización del trabajo. Las grandes fábricas del capitalismo se parecían mucho a las fábricas socialistas.

Ese capitalismo de estado desposía a los trabajadores, pero llegó a ser, no obstante, la meta del socialismo del siglo XX. En contraste, Chávez aseguró que si se mantenía dicho horizonte, el socialismo quedaría prisionero de la lógica de la URSS.

Por tal razón, resulta muy importante considerar los tres elementos del “triángulo”. Por ejemplo, el tercer elemento, la propiedad colectiva, obliga a que los excedentes sean compartidos con la comunidad local o nacional, según sea el caso.

En el mismo sentido, es necesario planificar participativamente y reconocer la voz de la comunidad en la decisión del manejo de recursos que buscan resolver sus necesidades.

Por otra parte, el socialismo del siglo xxi requiere un nuevo concepto de eficiencia, no centrado en un criterio de productividad que desconozca, por ejemplo, los “costos externos” al proceso productivo, como sería la naturaleza.

Pero también existe otra necesidad: en el proceso de producción económica no solo se realizan productos, sino que los trabajadores se producen a sí mismos como personas. En otras palabras, la eficiencia socialista debe medir también el desarrollo de las personas.

El socialismo, por ese camino, debe intervenir sobre los procesos productivos que alienan al trabajador y lograr que estos intervengan en dicho proceso. La formación encaminada hacia ello debe estar integrada en la jornada laboral.

Es importante comprender que el trabajo para el socialismo es algo distinto al trabajo concebido por y para el capitalismo. La eficiencia socialista respeta la naturaleza, pero la inversión en el desarrollo de las personas debe considerarse también como una inversión productiva.

La planificación debe poner fin a la anarquía y a las fluctuaciones de la economía capitalista, y racionalizar recursos, pero tiene que ser además participativa, descentralizada, que genere la participación de distintos actores desde toda la sociedad. La descentralización supone protagonismo popular. Este protagonismo sería solo una consigna si no puede intervenir verdaderamente en las esferas de decisión sobre la vida de las personas. La descentralización ofrece otra ventaja: es un recurso esencial para la desburocratización. La descentralización, así entendida, no destruye la “unidad de la nación”, sino que convierte a esa unidad en una realidad. Tal descentralización es una forma de control social, y debe estar guiada por el principio de solidaridad, no por filosofías corporativas, que atiendan privilegiadamente a sectores estrechamente concebidos.

Pensemos que el socialismo de Marx fue pensado para países desarrollados, pero las experiencias socialistas reales tuvieron lugar en espacios periféricos.

Ahora vivimos en América latina un proceso que llamaríamos “socialista” porque se plantea el avance contra la lógica del capital. El neoliberalismo, con sus horrores, ha creado en nuestros pueblos un sujeto revolucionario de cambios. Desde ese tejido, estos gobiernos progresistas o revolucionarios están transitando, con muchas limitaciones, hacia un nuevo socialismo. La garantía de su fortalecimiento es radicalizar el protagonismo popular. Sabemos que acceder al gobierno no es acceder al poder del Estado. Tenemos la herencia de una máquina estatal no preparada para transitar un nuevo camino. ¿Qué hacemos con estos gobiernos, en los que sectores de izquierda estamos en el poder?

Podemos conquistar espacios que estaban en manos del capitalismo, como es el caso de recuperar sectores estratégicos en tanto sectores públicos, del modo en que Venezuela recuperó la gestión del proceso productivo del petróleo.

Podemos crear, desde el Estado, instituciones fuera del Estado, para solucionar problemas que esta máquina heredada no permita resolver, como lo son las Misiones.

Podemos, desde el Estado habitado por revolucionarios, crear espacios que transformen desde abajo el Estado. Chávez ha potenciado esta capacidad de organizarse estatalmente desde abajo. Sabemos que hay muchos problemas, pero se transita hacia esa dirección. Se trata de habilitar un camino que favorezca desde abajo este protagonismo popular: de adquirir poder, no de transferirlo.


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